martes, 18 de octubre de 2016

La pausa

La penúltima vez que vi sus ojos comprendí que lo que seguía era un declaración de guerra, y quizás fratricida, pero feroz, calculada y resuelta a ganarla. No obstante, hubo momentos en que esos mismos ojos se disipaban en un punto inadvertido lo que me llevaba a pensar que había también secuelas de duda o simplemente la pelea se daba en su fuero interno. Al desviar yo también la mirada, podía desvelar ciertas sombras a su alrededor. Iban y venían, saltaban de un lugar a otro, aparecían y desaparecían una y otra vez pero siempre detrás de ella, como si le escudaran, a través de un juego, dejando saber que querían poseerle y que no estaban dispuestos a perder. Que quieren robarla, que la quieren para ellos. Hoy vuelvo a mirar sus ojos, y esta vez son diferentes. Alguien se está apoderando de ella y está determinada a mostrar sus verdaderas pupilas y puedo adivinar que sólo fue una intermitencia, o, quizás, una pausa. Y me percato, que esa pausa siempre estuvo allí, que sabe todo sobre nosotros pero ahora se siente cómoda y quiere ensancharse, quiere liberar todo su poder. Un poder semejante al que poseen los que dominan nuestro paso y nuestro tiempo. Y quieren dominar también, a esta nueva presa. Recuerdo entonces, que otras veces le he visto y que en momentos se decide a ser dios y en un acto de infinita bondad acalla los dolores, calma el espíritu y silenciosamente permite exhalar el último suspiro en un suave soplo, como si acompasara el tránsito a la quietud. Luego lentamente asoma su rostro y asienta con la cabeza que lo que ha hecho era lo correcto. Que ya no habrá más dolor. Que sólo habrá descanso. Pero otras veces es su contraparte, y en un estallido de inconsciencia puede desatar su furia y devorar lo que encuentra a su paso. Debe ser que despierta malhumorada, e histéricamente arrasa con todo a su alrededor, sin preguntar si el momento preciso o si está de acuerdo con el veredicto y va provocando entre los testigos una estela de preguntas y por qués, sin respuesta alguna de su parte y que ni siquiera le abochornan. Esta vez, sólo atina a sonreir. Con su dentadura completa pero con las marcas del tiempo o de la cuenta de los muchos que ha integrado a su ejército. Dientes y lengua deseosos de fagocitar insaciablemente, y que terminan en una sonora carcajada para imponerse, para recordar que sus travesuras son para dejar sentado que todos bajaremos la cabeza ante ella. Incluso con la partida, los que quedamos aprendemos que ella también convive en nosotros. Que hace una sincronía y una dualidad perfecta con la vida, de tu vida y que en segundos puede desalentarla, hacerla ínfima después de haberte mirado fijamente y comprendes que está seduciéndote. Te desea. Absorto, sólo esbozo una pregunta: ¿Te gustaría bailar? – Sí, responde tímidamente. -Muy bien, pero esta vez quiero llevarte, le digo. Cierra tú, los ojos, recuéstate en mi hombro y danza, danza, como si a ti nadie te acechara. Mantén los ojos cerrados e intenta dormirte. Si, duerme, duerme y sueña. Sueña con tu propia oscuridad. Con tus propias tinieblas, para que puedas luego mirarte a ti misma, detenidamente y puedas ver el horror o la belleza que te envuelve. Para que puedas vivir la alegría y la agonía de tu propia vida. De tu propio nombre. De tu propia estirpe. De tu propia muerte. Para ti, sólo es rutina. Para ti, es tu presente y tu futuro. Una suspensión en el tiempo. Una intermitencia. Una pausa. Para el resto, una intermitencia infinita, una pausa suspendida. Para mi, eres la nada.

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